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Ciencia y Tecnología

El estudio vincula remanentes estables de agujeros negros con la preservación de información y con una posible explicación geométrica del origen de la masa.

Un nuevo estudio teórico propone una salida posible para uno de los problemas más persistentes de la física moderna: la paradoja de la información de los agujeros negros. La hipótesis central sostiene que estos objetos no desaparecerían por completo al evaporarse, sino que dejarían un remanente estable capaz de conservar la información de todo aquello que cayó en su interior.

La paradoja nació a partir de los trabajos de Stephen Hawking en la década de 1970. Sus cálculos semiclasicos mostraron que los agujeros negros no son totalmente negros: emiten una radiación extremadamente débil que, con el paso del tiempo, les resta energía. Según esa idea, un agujero negro podría evaporarse hasta desaparecer. El problema es que esa desaparición parecería borrar información de manera definitiva, algo incompatible con la mecánica cuántica, que sostiene que la información no se destruye.

El trabajo, publicado en la revista General Relativity and Gravitation y liderado por el equipo de Richard Pinčák, explora una solución apoyada en la geometría de dimensiones adicionales. En lugar de limitarse al espacio-tiempo de cuatro dimensiones de la relatividad general habitual, los investigadores analizan un marco de siete dimensiones construido sobre una estructura matemática conocida como variedad G2 con torsión.

La diferencia no es menor. En la relatividad general estándar, el espacio-tiempo puede curvarse por efecto de la masa y la energía. En la teoría de Einstein-Cartan, usada en este modelo, también puede “retorcerse” mediante una propiedad llamada torsión del espacio-tiempo. Esa torsión aparece como el componente decisivo de la propuesta.

Según el modelo, en las densidades extremas asociadas a la escala de Planck, la torsión generaría una fuerza repulsiva capaz de frenar el colapso final. Eso impediría que la evaporación de Hawking llegue hasta la desaparición completa. El agujero negro, en cambio, terminaría convertido en un remanente estable con una masa estimada de alrededor de 9 × 10⁻⁴¹ kilogramos.

Ese remanente funcionaría como una especie de archivo cuántico. La información no se perdería, sino que quedaría preservada en la estructura interna del objeto mediante un espectro de modos cuasinormales. En términos más simples, los investigadores plantean que las “vibraciones” de larga duración del campo de torsión podrían codificar la información que antes parecía destinada a desaparecer.

El cálculo es llamativo: un remanente originado a partir de un agujero negro con la masa del Sol podría almacenar aproximadamente 1,515 × 10⁷⁷ cúbits de información. Para los autores, esa capacidad sería suficiente para resolver la paradoja, porque permitiría conservar los datos cuánticos sin violar el principio de unitariedad.

La propuesta también avanza sobre otro terreno sensible: la física de partículas. Al reducir la geometría de siete dimensiones a las cuatro dimensiones observables, el modelo obtiene de manera natural la escala electrodébil, cercana a los 246 GeV. Esa escala está vinculada al campo de Higgs, responsable de otorgar masa a las partículas elementales.

Dentro de este marco, el valor esperado en el vacío del campo de torsión queda conectado dinámicamente con la escala electrodébil. Dicho de otro modo, el mismo mecanismo geométrico que evitaría la evaporación total de los agujeros negros también podría ofrecer una explicación para el origen de la masa de las partículas. La teoría intenta, así, tender un puente entre gravedad, información cuántica y física del Higgs.

La pregunta inmediata es por qué no existe evidencia directa de esas dimensiones adicionales. La respuesta planteada por el estudio está en la energía necesaria para detectarlas. Las partículas asociadas a esas dimensiones, conocidas como excitaciones de Kaluza-Klein, tendrían masas cercanas a 8,6 × 10¹⁵ GeV. Esa escala queda aproximadamente siete órdenes de magnitud por encima de las capacidades actuales del Gran Colisionador de Hadrones.

Eso no vuelve imposible poner a prueba la hipótesis, pero sí desplaza la búsqueda hacia otros frentes. Una posibilidad es que los remanentes estables de agujeros negros, esas reliquias de escala de Planck, formen parte de la materia oscura. Si sus efectos gravitacionales pudieran detectarse, el modelo recibiría un respaldo importante.

Otra vía posible está en el universo primitivo. Las enormes energías involucradas en esta geometría de siete dimensiones podrían dejar rastros en el fondo cósmico de microondas o en ondas gravitacionales primordiales. Allí, según la investigación, podrían aparecer señales indirectas de una estructura más profunda del espacio-tiempo.

La propuesta no implica una confirmación experimental ni cierra definitivamente la discusión. Se trata de un modelo teórico, construido sobre relaciones geométricas estrictas y con predicciones que, al menos en principio, podrían ser refutadas. Su atractivo está en que no exige abandonar la mecánica cuántica para salvar la información perdida en los agujeros negros: plantea que el problema podría estar en una descripción incompleta de la geometría del universo.

Si la hipótesis fuera correcta, los agujeros negros no serían tumbas definitivas de información, sino objetos que, aun en su etapa final, conservarían una memoria cuántica mínima. Y esa misma arquitectura geométrica podría estar vinculada con algo tan profundo como la masa de las partículas. En ese cruce entre gravedad, dimensiones adicionales y física cuántica aparece una idea audaz: tal vez la respuesta a la paradoja de Hawking no esté en destruir las reglas conocidas, sino en mirar la realidad con más dimensiones de las que percibimos.

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