fbpx
22
Mié, Abr

Política

Hay algo que no cierra. Y cuando algo no cierra en política, no suele ser un error: suele ser una decisión.

El gobierno de Javier Milei impulsa un proyecto de ley “contra el fraude” en las pensiones por invalidez mientras la investigación por corrupción más grave en esa misma área apunta hacia adentro del propio Estado. El ex titular de la ANDIS, Diego Spagnuolo, está procesado en una causa que describe una trama de negocios ilegales montada sobre el sistema que ahora se pretende “ordenar”.

No es un detalle. Es el punto de partida.

La sospecha como política

El proyecto no es técnico. Es político. Porque redefine algo más profundo que un trámite: redefine quién es sospechoso.

Ya no se trata de perseguir irregularidades puntuales. Se instala una presunción masiva: 1,2 millones de personas deberán demostrar, otra vez, que merecen su pensión. Si no lo hacen a tiempo, si no pueden, si el sistema falla —como ya falló antes—, la consecuencia es automática: suspensión, y luego baja.

La carga de la prueba se invierte.
El Estado deja de garantizar y pasa a exigir.

Y en ese giro hay una definición ideológica: el problema no está en la estructura, está en las personas.

El ajuste que no se nombra

Pero además hay otra capa, menos discursiva y más concreta: el ajuste.

Se elimina el adicional por zona desfavorable.
Se endurecen condiciones de acceso.
Se impide compatibilizar la pensión con el trabajo formal.

El resultado no es abstracto. Es directo: menos ingresos, más precariedad, más informalidad.

Y todo esto bajo una narrativa moralizante: la lucha contra el fraude.

Santa Cruz: donde las decisiones se sienten distinto

Ahora bien, lo que en Buenos Aires se discute como política pública, en Santa Cruz se vive como impacto cotidiano.

Porque acá las distancias no son metáforas.
Son kilómetros. Son costos. Son obstáculos reales.

El reempadronamiento obligatorio en un territorio extenso y con servicios concentrados no es un trámite más: es una barrera.
La eliminación del adicional por zona no es un ajuste técnico: es una pérdida concreta de poder adquisitivo.

La igualdad formal de la ley choca con la desigualdad real del territorio.

Y entonces aparece el silencio

En ese contexto, la figura del gobernador Claudio Vidal deja de ser secundaria.

Porque cuando una medida nacional impacta de forma directa en la provincia, no hay neutralidad posible.

Hasta ahora, no hay una posición clara.
No hay una defensa explícita.
No hay una explicación pública.

Y eso abre una pregunta incómoda, pero inevitable:

¿a quién representa hoy el gobernador?

Representar no es administrar

Quienes lo votaron probablemente esperaban a alguien que defendiera los intereses de Santa Cruz frente al poder central.

Quienes no lo votaron, al menos, pueden exigirle algo más básico: que ejerza el rol institucional que tiene.

Porque hay momentos donde gobernar no es gestionar.
Es tomar posición.

Y este es uno de esos momentos.

La política de la saturación

Mientras tanto, el escenario nacional se vuelve cada vez más denso: proyectos, denuncias, investigaciones, tensiones cruzadas.

No se trata solo de tapar un tema con otro.
Se trata de multiplicar los frentes hasta volver difuso el eje del conflicto.

En ese ruido, la narrativa oficial intenta reinstalar una idea: orden, control, moralización.

Pero la realidad insiste con otra: contradicciones, investigaciones abiertas y decisiones que recaen sobre los más vulnerables.

La pregunta de fondo

Entonces, más allá de nombres propios, más allá de coyunturas, queda una pregunta que atraviesa todo este escenario:

¿puede un gobierno sostener un discurso de moral pública mientras sus propias estructuras están bajo sospecha y, al mismo tiempo, trasladar el peso del ajuste a quienes menos tienen?

Y en paralelo:

¿puede una provincia aceptar ese impacto sin que su principal representante diga nada?

Porque al final, la verdadera discusión es otra:

quién carga con el ajuste… y quién guarda silencio mientras ocurre. 

Si llegaste hasta acá tomate un descanso con la mejor música