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Sáb, Abr

Interés General

El Observatorio de la Deuda Social de la UCA confirma que más de la mitad de los menores de 18 años vive en hogares pobres, con déficits severos en salud y alimentación.

El Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la Universidad Católica Argentina presentó nuevos resultados del Barómetro de la Deuda Social de la Infancia, que revelan avances acotados junto a persistentes déficits estructurales que afectan a niños, niñas y adolescentes en el país.

El informe abarca el período 2010-2025 y sus conclusiones son contundentes: la mejora reciente no alcanza para disimular una década y media de deterioro sostenido.

En 2025, el 53,6% de la infancia urbana vivía en hogares pobres y el 10,7% en situación de indigencia.

La propia UCA señaló que el dato del año pasado "trae alivio, pero no debemos confundir una mejora coyuntural con la solución de un problema estructural".

La serie histórica no admite lecturas triunfalistas.

En 2010, la pobreza afectaba al 45,2% de los niños y adolescentes. En 2011-2012, disminuyó levemente (35,7% y 38,4%), pero a partir de allí inició un período de deterioro casi ininterrumpido, con picos en 2020-2021 (alrededor del 64-65%) y un máximo en 2023 (62,9%).

El progreso en 2024 y 2025 resulta significativo, pero "el nivel sigue siendo muy superior al de 2010 y, por supuesto, al de los mejores años de la década pasada", sostuvo la UCA.

Dicho en términos más directos: hoy hay más niños pobres que hace quince años, independientemente de quién gobernó en cada etapa.

La mejora que no alcanza

Al inicio del gobierno de Milei la pobreza afectaba al 62,9% de los niños y adolescentes; ese porcentaje se redujo a 59,7% en 2024 y a 53,6% el año pasado.
La baja de la inflación y los ajustes en las prestaciones sociales contribuyeron a ese descenso. Sin embargo, la mejora reciente convive con niveles de pobreza superiores a los de hace más de diez años, lo que evidencia un problema profundo aún sin resolver.

La investigadora del ODSA Ianina Tuñón fue precisa al momento de evaluar el alcance de las políticas de transferencia:
"Estas políticas no fueron diseñadas para cubrir por completo los ingresos de los hogares, sino para equiparar el salario familiar de un trabajador formal con el de uno informal. Por eso, es clave mejorar las condiciones laborales de los adultos". La AUH, en este contexto, alcanzó al 42,5% de los niños, con una merma de 3,3 puntos porcentuales en relación a 2024.

Alimentación: el piso que nadie quiere ver

En 2025, el 28,8% de los menores atravesó inseguridad alimentaria, y un 13,2% lo hizo en su forma más grave. Aunque estos indicadores mejoraron respecto del año anterior, aún no recuperan los niveles previos a 2017.
La contracara de ese número es que la asistencia alimentaria gratuita —comedores y Tarjeta Alimentar— trepó al 64,8%, marcando un récord histórico en la serie.
Que el Estado tenga que asistir alimentariamente a casi dos de cada tres chicos no es un logro: es la expresión más cruda del nivel de dependencia al que llegó la infancia argentina.

Un cuadro multidimensional

La pobreza infantil no se agota en el ingreso.

En 2025, el 18,1% de los niños y adolescentes residía en viviendas precarias y el 20,9% en situación de hacinamiento. El acceso a servicios básicos continúa siendo una deuda importante: el 42% se encuentra en hogares sin saneamiento adecuado.
A eso se suma que el 19,8% dejó de asistir al médico, al odontólogo o a ambos por problemas económicos durante 2025.

El 61,2% de la población infantil no posee cobertura médica a través de obras sociales, mutuales o prepagas, lo que genera que la mayoría de los menores dependa exclusivamente de la atención en el sistema público. Y el 37,5% de los menores enfrenta privaciones en vestimenta.

Brecha educativa y emocional

Aunque crece la conectividad, el 49,6% no dispone de computadora y más de la mitad no tiene hábitos regulares de lectura, lo que profundiza las desigualdades educativas.

Solo el 16% de los niños cuenta con acceso a internet en su vivienda.

Apenas el 6,3% de los estudiantes recibe algún tipo de ayuda económica para sostener sus estudios.

En el plano emocional, el 18,1% presenta síntomas de tristeza o ansiedad, con mayor incidencia en adolescentes y especialmente en mujeres.

Estas condiciones duplican el riesgo en los sectores más desfavorecidos.

El 23,6% de los adolescentes presenta rezago escolar y el sistema evidencia una creciente fragmentación.

Una demografía que también avisa

En 1991, el 56% de los hogares tenía niños y adolescentes menores de 18 años; según el censo de 2022, ese valor se redujo al 44%. Esto refleja una baja sostenida de la fecundidad, que se ubicó en 1,4 hijos por mujer en 2022, inferior al umbral de reemplazo de 2,1.

La persistencia de la pobreza infantil obliga a equilibrar el ajuste con mecanismos de contención, especialmente en los sectores más vulnerables.

El dato demográfico no es un detalle técnico: es una señal de que las familias argentinas decidieron tener menos hijos en parte porque no pueden sostener los que ya tienen. Eso no lo resuelve ningún plan de estabilización macroeconómica por sí solo.

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