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Jue, Feb

Ciencia y Tecnología

Un nuevo estudio reduce de 30.000 a apenas 2.000 años el tiempo que tardaron en reaparecer especies marinas microscópicas después del impacto.

Hace unos 66 millones de años, un asteroide de 14 kilómetros de diámetro impactó en el actual sureste de México y desencadenó una de las mayores catástrofes biológicas de la historia. El golpe y el invierno global que siguió borraron cerca del 75 % de las especies, incluidos los dinosaurios no avianos. Durante décadas, la pregunta no fue solo cómo ocurrió esa devastación, sino cuánto tardó la vida en recomponerse.

Un nuevo estudio publicado el mes pasado en la revista Geology propone una respuesta más optimista que la aceptada hasta ahora. Según la investigación, los organismos marinos microscópicos conocidos como foraminíferos planctónicos comenzaron a proliferar apenas 2.000 años después del impacto, un plazo mucho menor que los 30.000 años estimados por un trabajo influyente de 1995.

Los foraminíferos son diminutas criaturas del tamaño de un grano de arena que viven cerca de la superficie del océano y construyen conchas de carbonato de calcio. Esas estructuras funcionan como verdaderos archivos ambientales: registran cambios en la temperatura, la acidificación y la disponibilidad de nutrientes. Gracias a ellas, los científicos pueden reconstruir con notable precisión el estado de los océanos en distintos momentos del pasado.

El impacto fue devastador para estos organismos. Se estima que alrededor del 90 % de las especies de foraminíferos planctónicos desaparecieron, junto con grandes reptiles marinos como los mosasaurios y los plesiosaurios. Sin embargo, la nueva datación sugiere que la recuperación comenzó mucho antes de lo imaginado.

El equipo liderado por Chris Lowery, micropaleontólogo de la Universidad de Texas en Austin, recurrió a un método distinto para calibrar el tiempo geológico. En lugar de basarse exclusivamente en tasas de acumulación de sedimentos —que pudieron alterarse por la erosión posterior al impacto— utilizaron el polvo espacial que cae constantemente sobre la Tierra. Ese flujo estable actúa como un “reloj” independiente de los procesos terrestres.

En seis sitios que registran capas anteriores y posteriores al impacto, los investigadores midieron isótopos de helio presentes en los sedimentos, indicadores de la cantidad de polvo cósmico acumulado. Con ese parámetro recalcularon la línea temporal y concluyeron que la diversificación de los foraminíferos arrancó en apenas dos milenios.

“Es bastante emocionante pensarlo”, sostuvo Brian Huber, geólogo del Museo Nacional de Historia Natural de la Institución Smithsonian, que no participó del estudio. Lowery, por su parte, remarcó que investigaciones previas sugerían que debían transcurrir al menos 600.000 años para que nuevas especies evolucionaran tras una crisis de esa magnitud. La comparación es gráfica: si la extinción hubiera ocurrido en tiempos del Imperio Romano, hoy estaríamos presenciando el surgimiento de nuevas formas de vida.

Para Vicente Gilabert Pérez, micropaleontólogo de la Universidad del País Vasco ajeno al trabajo, el hallazgo obliga a revisar la narrativa tradicional sobre el mundo posterior al impacto. Bajo condiciones extremas, señala, los procesos evolutivos pueden acelerarse de manera notable.

El asteroide oscureció el cielo, enfrió el planeta y alteró la química de los océanos durante décadas. Sin embargo, en medio de ese escenario de colapso global, la evidencia sugiere que la vida microscópica encontró la forma de reorganizarse con una rapidez inesperada. La gran extinción no fue el final del relato, sino el inicio de una nueva etapa evolutiva que comenzó mucho antes de lo que la ciencia creía.

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