La declaración de la ministra Nadia Ricci expuso el debate de fondo sobre el rumbo económico del gobierno de Claudio Vidal.
Hay declaraciones que trascienden lo técnico y se instalan en el terreno político. La afirmación de la ministra de la Producción, Comercio e Industria de Santa Cruz, Nadia Ricci, sobre un supuesto “exceso de comercios” en Río Gallegos no pasó inadvertida porque describa un fenómeno económico, sino porque expone una forma de interpretar la crisis.
Cuando desde el área encargada de fomentar la actividad productiva se sugiere que el problema es la cantidad de negocios abiertos, la discusión deja de ser estadística. Se vuelve conceptual. ¿Está el Gobierno provincial señalando una saturación de oferta o está admitiendo que la economía local no logra sostener el nivel de actividad?
En contextos de crecimiento, la apertura de comercios suele asociarse con dinamismo, inversión y expectativas de consumo. Nadie asume el riesgo de abrir un local sin imaginar un horizonte de rentabilidad. Sin embargo, también existe una lectura menos optimista: cuando escasean los empleos formales, el autoempleo se convierte en refugio. El comercio crece como respuesta a la falta de alternativas.
Desde esa perspectiva, la proliferación de pequeños emprendimientos en la capital santacruceña puede interpretarse como síntoma de adaptación social frente a un escenario adverso. La frase oficial, entonces, corre el foco. En lugar de poner el acento en la caída del consumo o en la retracción económica, parece situar el problema en quienes intentan sostener ingresos propios.
El trasfondo es inevitablemente político. Las palabras construyen sentido. Si el diagnóstico parte de un “exceso” de oferta, el mensaje implícito es que el mercado deberá depurarse y que algunos emprendimientos no resistirán. No es una definición técnica aislada: supone aceptar un ajuste por vía de contracción privada.
La gestión de Claudio Vidal llegó con la promesa de ordenar el Estado y aportar una mirada más profesional sobre la administración provincial. Esa expectativa generó respaldo en sectores que buscaban previsibilidad y planificación. Sin embargo, declaraciones como la de Ricci reactivan interrogantes sobre la consistencia del diagnóstico económico dentro del gabinete.
Santa Cruz es un mercado pequeño, donde la confianza incide tanto como los indicadores macroeconómicos. Las decisiones de inversión suelen depender más de señales políticas que de grandes flujos de capital externo. Cuando el discurso oficial transmite la idea de un mercado sobredimensionado, el efecto inmediato puede ser la cautela.
La cuestión no radica en la semántica. El debate gira en torno a la dirección estratégica. ¿El Gobierno describe una economía que se achica o impulsa herramientas para expandirla? La diferencia no es menor. Gobernar implica elegir qué narrativa se construye frente a la crisis y a quién se le asigna el peso de la corrección.
Detrás de cada comercio hay ahorro familiar, empleo sostenido con esfuerzo y una decisión de permanecer en la provincia. Si el Estado percibe ese entramado como un desequilibrio en lugar de un capital a fortalecer, la tensión deja de ser discursiva. Se convierte en un problema de expectativas.
Río Gallegos no discute únicamente el número de locales. Discute horizonte. Y en economías regionales, el horizonte suele valer tanto como cualquier indicador.
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