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Científicos prueban una herramienta alimentaria para frenar la obesidad

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Científicos prueban una herramienta alimentaria para frenar la obesidad

Un nuevo compuesto combina inulina y propionato para estimular hormonas intestinales que intervienen en la regulación del apetito.

Un nuevo aditivo alimentario diseñado para ayudar a prevenir el aumento de peso fue incorporado a la Lista de Nuevos Alimentos Autorizados de la Unión Europea, tras una evaluación regulatoria que lo considera seguro para el consumo humano. Se trata del éster de propionato de inulina, conocido como IPE, una fibra dietética desarrollada por científicos del Imperial College de Londres y del Centro de Ciencias Isótopas de la Universidad de Glasgow.

La propuesta parte de una idea simple: la obesidad no suele aparecer de manera repentina, sino como resultado de un pequeño desequilibrio energético sostenido en el tiempo. Unas pocas calorías de más cada día pueden acumularse lentamente y traducirse, con los años, en un aumento de peso significativo. Frente a ese proceso silencioso, los investigadores buscan intervenir antes de que el problema sea más difícil de revertir.

El IPE fue diseñado para potenciar el efecto natural de los alimentos ricos en fibra. Su objetivo es estimular señales intestinales que regulan el apetito, ayudando a que la persona se sienta saciada durante más tiempo y, eventualmente, consuma menos calorías. El compuesto se presenta como un polvo blanco que podría incorporarse a productos de consumo cotidiano, como batidos, cereales, bebidas energéticas y pan, o bien tomarse como suplemento.

A diferencia de los medicamentos orientados principalmente a bajar de peso cuando la obesidad ya está instalada, el IPE aparece como una intervención preventiva. Sus desarrolladores esperan que pueda ayudar a frenar ese superávit calórico leve pero constante que, con el paso del tiempo, termina generando aumento de peso.

El profesor Gary Frost, catedrático de Nutrición y Dietética del Departamento de Metabolismo, Digestión y Reproducción del Imperial College de Londres, explicó que un pequeño excedente calórico diario puede provocar un incremento importante con los años. Según señaló, incluso un kilo adicional por año en adultos jóvenes alcanza para generar problemas serios de peso en la mediana edad. También remarcó que una mayor ingesta de fibra puede contrarrestar ese proceso, aunque muchas personas no logran consumir la cantidad recomendada.

El desafío científico no consistía solo en sumar fibra a la dieta, sino en lograr que la señal adecuada llegara al lugar correcto del intestino. En ensayos controlados aleatorios, los investigadores observaron que unos 10 gramos diarios de IPE pueden contribuir a regular el apetito y prevenir el aumento de peso.

La fórmula combina inulina, una fibra natural presente en alimentos como la achicoria y la cebolla, con propionato, un ácido graso de cadena corta de origen natural. Estos ácidos grasos se producen cuando las bacterias intestinales descomponen la fibra. El propionato puede activar receptores en el colon que estimulan hormonas reguladoras del apetito, mensajeros químicos que le indican al cerebro que el cuerpo ya recibió suficiente alimento.

El IPE fue creado para llevar propionato directamente a esos receptores del colon. De esa manera, busca reforzar el proceso normal de fermentación bacteriana del intestino y hacer más precisa la señal de saciedad.

El profesor Douglas Morrison, de la Universidad de Glasgow, señaló que el equipo combinó dos ingredientes naturales para estimular las hormonas reguladoras del apetito en el punto exacto del intestino. También comparó el enfoque con el uso de agonistas del receptor GLP-1, medicamentos eficaces para bajar de peso, pero remarcó que el IPE podría servir para frenar el aumento lento y sostenido que, muchas veces, termina haciendo necesarios esos tratamientos.

El desarrollo del ingrediente comenzó en el laboratorio de Morrison y se extendió durante 15 años junto a Frost. En ese período, los investigadores evaluaron si la molécula podía convertirse en un ingrediente alimentario práctico y desarrollaron estudios clínicos publicados en revistas científicas revisadas por pares.

Algunos trabajos de mayor duración sugieren que el IPE podría tener efectos más amplios que la regulación del apetito. Entre ellos, preservar masa muscular magra, mejorar niveles de grasa hepática e influir sobre la salud inmunológica y metabólica. De todos modos, esos posibles beneficios todavía requieren más investigación antes de ser presentados como efectos confirmados.

El camino regulatorio fue extenso. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria revisó datos toxicológicos, nutricionales y microbiológicos antes de emitir una opinión favorable a fines del año pasado. Luego, la Comisión Europea otorgó la autorización definitiva y el IPE quedó formalmente incorporado a la Lista de Alimentos Nuevos Autorizados de la Unión Europea.

La aprobación marca un avance, pero el salto comercial todavía enfrenta obstáculos. Por ahora, los investigadores solo pueden producir algunos cientos de kilogramos a escala piloto. Para llegar a un mercado más amplio, crearon una empresa derivada llamada Satisfed y buscan socios industriales capaces de llevar la producción a miles de toneladas.

La expectativa de sus desarrolladores es que el IPE pueda convertirse en una herramienta dietética de bajo costo integrada a alimentos habituales. Ese punto puede tener relevancia en comunidades donde el precio y la disponibilidad de opciones saludables profundizan desigualdades en las tasas de obesidad.

Morrison sostuvo que existe un fuerte interés comercial en optimizar el suministro de nutrientes al intestino para mejorar los resultados en consumidores. Frost, por su parte, afirmó que la incorporación del IPE a la lista europea ofrece una nueva alternativa para personas que empiezan a tener problemas de peso y buscan prevenir un mayor aumento.

El avance no reemplaza hábitos alimentarios saludables ni resuelve por sí solo un problema complejo como la obesidad. Pero introduce una línea de trabajo que gana espacio: usar el conocimiento sobre microbiota, fibra y señales intestinales para diseñar alimentos capaces de intervenir antes de que el aumento de peso se consolide. En ese terreno, el IPE aparece como una apuesta científica que ahora empieza a salir del laboratorio y acercarse al mercado.

Fuente: imperial.ac.uk

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