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En número que incomoda y expone a la UOCRA

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En número que incomoda y expone a la UOCRA

Nueve de cada diez actores de la construcción no crecieron durante el último año. Mientras miles de trabajadores quedaron atrapados entre despidos, informalidad y obras paralizadas, la conducción de la UOCRA aparece cada vez más lejos del conflicto real.

Nueve de cada diez actores de la construcción aseguran que su actividad cayó o permaneció estancada durante el último año. El dato no sólo desnuda la profundidad de la crisis sectorial: también interpela a una de las estructuras sindicales más poderosas del país, que no consiguió transformar el derrumbe del empleo y la paralización de las obras en una respuesta gremial proporcional al daño sufrido por los trabajadores.

Hay cifras que describen una crisis y otras que, además, exponen silencios. El último relevamiento del Grupo Construya pertenece claramente al segundo grupo: el 67% de las empresas y profesionales consultados afirmó que su actividad disminuyó durante los últimos doce meses, mientras que otro 23% señaló que permaneció sin cambios.

El resultado es contundente. Nueve de cada diez participantes atravesaron un escenario de retroceso o estancamiento y apenas uno de cada diez logró crecer. No se trata, por lo tanto, de dificultades aisladas ni de una desaceleración circunstancial, sino de una crisis extendida sobre casi toda la cadena de valor de la construcción.

El dato incomoda al Gobierno nacional, responsable de haber interrumpido buena parte de la obra pública y de sostener una política económica que restringió el financiamiento y debilitó la demanda. También compromete a gobernadores, intendentes y empresarios. Pero inevitablemente coloca bajo la lupa a la Unión Obrera de la Construcción de la República Argentina, la UOCRA, organización que tiene la representación gremial directa de los trabajadores más afectados.

Una caída que golpea desde los dos extremos

La construcción quedó atrapada entre la paralización de numerosos proyectos públicos y una inversión privada que no consigue compensar ese retroceso. El encarecimiento de los materiales, las dificultades de acceso al crédito, la reducción de la demanda y la incertidumbre económica terminaron conformando una combinación que expulsó trabajadores y redujo la actividad de pequeñas y medianas empresas.

El 43% de los encuestados por Grupo Construya indicó que su actividad cayó más del 20%. Otro 17% registró bajas de entre el 10% y el 20%, mientras que el 7% sufrió una disminución inferior al 10%.

En el otro extremo, sólo el 10% logró crecer. El 6% tuvo una mejora inferior al 10%, el 3% avanzó entre el 10% y el 20% y apenas el 1% declaró una expansión superior al 20%.

La dimensión del retroceso resulta todavía más evidente cuando se observa quiénes fueron los más afectados. Las caídas superiores al 20% tuvieron una fuerte incidencia entre maestros mayores de obra y desarrolladores inmobiliarios, pero también alcanzaron a constructoras, distribuidores de materiales, ingenieros e inmobiliarias.

No cayó solamente una estadística. Detrás de cada obra suspendida aparecen cuadrillas reducidas, trabajadores que regresan a la informalidad, familias que pierden ingresos y pequeños proveedores que dejan de vender.

La Patagonia tampoco quedó al margen

El deterioro presenta diferencias regionales, pero no reconoce territorios completamente protegidos. El nordeste argentino encabezó las respuestas con retrocesos superiores al 20%, alcanzando al 62% de los consultados. Le siguieron Cuyo, con el 59%; la Patagonia y la provincia de Buenos Aires, ambas con el 44%; la región Centro, con el 37%; y el noroeste, con el 20%.

Que el 44% de los participantes vinculados con la Patagonia haya informado desplomes superiores al 20% merece una lectura particular. En provincias extensas, con dificultades habitacionales, déficit de infraestructura y economías altamente dependientes de la inversión estatal, la paralización de obras produce un efecto social más profundo.

La construcción no es una actividad aislada: moviliza transporte, comercio, servicios técnicos, corralones, talleres, alquileres de maquinaria y consumo familiar. Cuando una obra se detiene, el impacto se propaga rápidamente sobre la economía local.

Las estadísticas oficiales no alcanzan para ocultar la fragilidad

Los últimos datos del INDEC reflejan una dinámica irregular. En abril de 2026, el Indicador Sintético de la Actividad de la Construcción cayó 2,8% interanual y retrocedió 4% frente a marzo en la medición desestacionalizada.

También se observaron fuertes bajas interanuales en insumos directamente relacionados con la ejecución de obras: los mosaicos graníticos y calcáreos cayeron 18,9%; el yeso, 17,5%; las cales, 16,4%; el asfalto, 15,5%; el cemento portland, 12,7%; y el hormigón elaborado, 10,2%.

Es cierto que el empleo privado registrado mostró en marzo una mejora interanual del 2,5%, hasta alcanzar los 384.157 puestos. Pero ese movimiento positivo no contradice la crisis que describe el relevamiento privado. Una recuperación parcial desde niveles deprimidos no implica que el sector haya recobrado la capacidad de generar empleo de manera sostenida ni que las empresas hayan recuperado rentabilidad y previsibilidad.

Precisamente allí aparece uno de los problemas centrales: algunos indicadores pueden mostrar rebotes mensuales o mejoras contra bases de comparación muy bajas, mientras miles de trabajadores continúan enfrentando empleos discontinuos, suspensiones, informalidad y pérdida de poder adquisitivo.

El número que interpela a la UOCRA

La responsabilidad principal sobre la política económica, el financiamiento y la obra pública pertenece a los gobiernos. La UOCRA no fija las tasas de interés, no administra el presupuesto nacional ni decide qué proyectos se detienen. Sin embargo, esa aclaración no libera a su conducción de rendir cuentas sobre la forma en que defendió a los trabajadores durante una de las crisis más profundas del sector.

Una organización sindical no puede evitar por sí sola una recesión, pero sí puede dimensionarla, denunciarla, publicar información transparente sobre la pérdida de puestos, acompañar a los despedidos, exigir planes de emergencia y construir una respuesta colectiva.

El relevamiento de Grupo Construya muestra que el deterioro no es marginal: alcanza al 90% de los actores consultados entre quienes retrocedieron y quienes permanecieron estancados. Frente a semejante magnitud, la respuesta gremial debería haber ocupado un lugar central en la discusión pública.

La pregunta que surge es inevitable: ¿cómo puede una organización con presencia nacional, recursos, representación institucional y participación en organismos sectoriales no haber conseguido instalar con mayor fuerza la emergencia laboral de la construcción?

No alcanza con negociar actualizaciones salariales para quienes todavía conservan un empleo formal. El desafío más grave está entre quienes quedaron fuera de las obras, pasaron a realizar trabajos ocasionales, aceptaron condiciones informales o directamente abandonaron la actividad.

Cuando el trabajo desaparece, una paritaria deja de ser suficiente.

Un gremio poderoso frente a trabajadores debilitados

La construcción posee una de las organizaciones sindicales de mayor peso territorial del país. Esa estructura supone capacidad para negociar, pero también una responsabilidad política y social superior.

En una crisis de esta magnitud, los trabajadores necesitan conocer cuántos puestos se perdieron en cada provincia, cuáles son las obras paralizadas, qué empresas redujeron personal, qué asistencia reciben las familias afectadas y qué compromisos concretos asumieron los gobiernos.

Sin esa información, la representación corre el riesgo de volverse burocrática: una estructura fuerte en términos institucionales, pero distante de la vulnerabilidad cotidiana de sus afiliados.

La escasez de mano de obra calificada, señalada también entre los problemas del sector, agrega otra contradicción. Mientras empresas aseguran no encontrar determinados perfiles, miles de trabajadores atraviesan períodos prolongados sin empleo estable. Esa brecha exige políticas de capacitación, certificación y vinculación laboral, pero también una intervención sindical activa que permita unir la demanda existente con quienes necesitan trabajar.

El futuro tampoco ofrece certezas

Las expectativas para los próximos doce meses están lejos de anticipar una reactivación consolidada. El 34% de los consultados considera que la actividad permanecerá estable y otro 32% espera una nueva caída. Sólo el porcentaje restante proyecta alguna mejora.

Dentro del grupo pesimista, el 12% prevé una contracción superior al 20%, el 8% calcula una baja de entre el 10% y el 20% y otro 12% espera una reducción menor al 10%.

El aumento de los costos fue señalado como la principal dificultad por el 23% de los participantes. A esto se sumaron la baja demanda, la reducción de la inversión privada, la falta de financiamiento, la presión impositiva, las demoras administrativas y la incertidumbre cambiaria.

La encuesta se realizó entre el 17 de abril y el 8 de mayo de 2026 y reunió las respuestas de 370 personas vinculadas con la construcción y el mercado inmobiliario en distintas regiones del país. Participaron arquitectos, empresas constructoras, desarrolladores, ingenieros, maestros mayores de obra, distribuidores e inmobiliarias.

La muestra no reemplaza a las estadísticas oficiales ni permite atribuir responsabilidades individuales. Pero constituye una señal sectorial difícil de ignorar: la recuperación todavía no llegó a la mayoría.

Una crisis que exige algo más que declaraciones

El número que incomoda es el 90%. Representa la proporción de actores que no creció durante el último año. Dentro de ese universo, el 67% directamente retrocedió.

Esa cifra expone el fracaso de una política económica que convirtió el freno de la obra pública en una herramienta de ajuste sin ofrecer una transición capaz de sostener el empleo. Pero también interpela a quienes dicen representar a los trabajadores y no lograron construir una respuesta visible a la altura del deterioro.

La UOCRA puede argumentar, con razón, que no originó la crisis. Lo que no puede hacer es comportarse como si su única función fuera administrar las consecuencias.

Cuando nueve de cada diez actores de una industria caen o permanecen inmóviles, la representación sindical debe ser algo más que una estructura, una sigla o una mesa de negociación. Debe convertirse en la voz pública de quienes perdieron el trabajo, el salario y la posibilidad de sostener a sus familias.

De lo contrario, el número no sólo describirá el derrumbe de la construcción. También medirá la distancia entre los trabajadores y quienes deberían defenderlos.

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